"Hay quienes sostienen que el fútbol no tiene nada que ver con la vida del hombre, con sus cosas más esenciales. Desconozco cuánto sabe esa gente de la vida. Pero de algo estoy seguro: no saben nada de fútbol." (Eduardo Sacheri)
Hoy voy a hablar de un verdadero sinvergüenza. Una de esas personas a las que no le importa quedar en ridículo, intentar cosas absurdas, desafiar la lógica... En fin, no le importan los pequeños detalles que nos detienen al resto de los mortales ante la posibilidad de hacer algo realmente grande. El tipo es un deportista. Leerán mucho de deporte por aqui. Pero no veo sus logros como hazañas meramente futbolísticas, sino como fiel reflejo de una forma de Intentar la vida.
Mis primeras impresiones del Titán, como muchos lo conocen, no fueron para nada buenas. Yo fui de los que dijeron que era un pata dura, que tenia mucha suerte, y pensé ingenuamente que su fama se tornaría efímera. No estaba tan equivocado después de todo: el tipo era y es un pata dura, y realmente tuvo mucha mucha suerte, pero supo ganarse el mayor de los respetos de hinchadas propias y ajenas a base coraje, entrega y hazañas dignas de dioses mitológicos.
Claro que sí, hablo de Martín Palermo, el que supo hacer un gol pateando con sus ligamentos destrozados, el que volvió a los seis meses en la copa más importante de América frente al clásico rival de toda la vida y entrar en los últimos diez minutos le alcanzó para anotar un gol antologico ("57, 58, 59... 59... Palermo? 59...", se me cae un lágrima), el que hizo los dos goles en la final del mundial de clubes, al que se le cayó una tribuna encima, el que tuvo el descaro de cabecear al arco desde casi 40 metros, el que desperdició tres penales en un mismo partido vistiendo la celeste y blanca y volvió con la frente en alto para llevarnos al mundial con ese toque agónico fiel a su guión bajo el diluvio ante Perú, el tipo que en sus 15 minutos en Sudáfrica hizo lo que el grandísimo Messi no pudo hacer en todo el campeonato (¿quien no se emocionó cuando gritó ese gol?), el que con sus 36 años se convirtió en el máximo anotador de 2010, ¿y cuanto se más se podría decir?...
Todas estas hazañas y fechorías solo las consigue un hombre que deja todo en cada momento, que tiene una actitud diferente ante la vida. Por eso se robó mi admiración y se convirtió en uno de mis mayores ejemplos. No juego al futbol ni quiero jugar, pero cuando sea grande quiero ser como él. Quiero convertirme en pichón de alquimista para transmutar adversidad en oportunidad, quiero ganarme y merecerme la suerte que me toque y quiero creer desde lo mas profundo de mi corazón que cualquier cosa es posible.
Miremos el gol en el mundial como uno de tantos ejemplos: este gol lo hizo gracias a un rebote que genero un tiro al arco del propio Messi. El Optimista estaba parado en el lugar indicado en el momento indicado (¿cuando no?) y solo tuvo que acariciar la pelota (aunque con su pata todavía menos hábil) para alcanzar la gloria. ¿Suerte? Claro que sí, muchísima suerte, pero no casualidad, ni siquiera un poquito. Una vez leí una frase en una publicidad (lamentablemente no volví a encontrarla) que me quedó grabada y creo que Martín es la viva interpretación del significado. La frase es casi tan simple como contundente: "entrenar trae suerte". Decir que el verano 2009-2010 Martín no tomó vacaciones en diciembre como cualquier futbolista, sino que siguió yendo todos los días al gimnasio de Boca a trabajar pensando en su objetivo, soñando con la remota posibilidad de que un viejo y machucado patadura de 36 años viajara a Sudáfrica, apenas alcanza para empezar a pintar su entrega. Ese trabajo y ese deseo se mostró en cada partido, en cada pelota, cuando, con su aparente torpeza y sus envidiables limitaciones, corría, luchaba y saltaba como si fuera la última acción de su vida, con el Espíritu del Guerrero que predicaba Don Juan. Así se vive una vida señoras y señores, y así se logran grandes cosas: sin miedo al fracaso, con la convicción de que el único limite de un hombre está sus propios sueños. Y así quisiera vivir yo la mía.
Esta noche levanto mi copa y brindo por Martín Palermo, ejemplo de vida, ejemplo de persona e inspiración para varias generaciones de afortunados que tuvimos el privilegio de mirar su película sin saber el final. El próximo probablemente será su ultimo partido y sabemos que será mágico. Ya habrá tiempo para extrañarlo, para repasar sus goles en DVD y para contarle a nuestros hijos y nietos la historia de un hombre que hizo zambullir en el barro al propio D10s y que unió en un llanto de alegria a un país tan dividido como la Argentina, entre otras pequeñeses. Pero ahora vivamos el presente y disfrutemos de el último round dentro de la cancha entre el viejo Martín y un mundo cruel y plagado de hostilidades que debió tirar la toalla hace mucho tiempo.
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