martes, 5 de febrero de 2019

El MTB es un juego de niños

En el ambiente del mountain bike amateur, el día de la carrera siempre es una fiesta. Nos vas a escuchar quejarnos mucho: que nos podría haber ido mejor, que deberíamos haber desayunado distinto, o administrado de otra forma las energías. Tal vez nos escuches maldecir nuestra suerte: que se nos salió la cadena en el peor momento, que pinchamos cuando mejor íbamos, o que justo agarramos aquella piedra en la bajada. Pero no te dejes engañar: por dentro, todos nos vamos contentos, felices, recargados. Del primero al último.

Sin embargo, no es de eso de lo que se trata ser un ciclista aficionado. Se trata en realidad de lo que hacemos y de cómo nos sentimos los otros 29 o 30 días del mes, cuando nadie nos ve, cuando parece que no hay nada en juego. Se trata de llegar corriendo a la tardecita, casi noche, después de un día de trabajo agotador, queriendo ganar unos minutos para pedalear un poquito más. O tal vez de esa horita a la mañana, a veces madrugada, que le robamos al sueño con tal de salir aunque sea un ratito. O quizás de la clásica salida con amigos a la hora de la siesta en pleno verano, mientras el oficinista promedio se queja de lo poco que enfría el aire acondicionado.

Y es ahí, en esos momentos, donde se hace evidente que ser ciclista amateur es un juego de niños. Porque nos divertimos y ponemos en ello toda nuestra imaginación. Es la única forma... Aquella subida al puente del súper, esa pendiente exagerada donde la calle pasa sobre el canal de desagüe, o tal vez la lomada al final camino a la toma, son en nuestras cabezas el Mont Ventoux, Alpe d'Huez, y el mismísimo Tourmalet. Y las subimos con los dientes bien apretados, como si en ello se nos fuera la vida, la gloria y el maillot a lunares... Aquella moto que veo a 100 metros delante bien podría ser Froomey, escapado, queriendo arrebatarme la etapa. Tal vez, si lo alcanzo antes de llegar a casa, esta noche me vaya a dormir con el pijama amarillo... ¿Alguien más noto que ese perrote que salió a correrme a todo trapo por la derecha se parece mucho a Peter Sagan?

Es esta ridícula y apasionada imaginación, son estos delirios, los que nos mantienen parados sobre los pedales cualquier miércoles gris, aunque todo el cuerpo duela todavía por la salida del martes. Sí, somos como niños, fantaseamos, viajamos un ratito cada día a estos universos imaginarios donde nos inventamos increíbles hazañas. Y al final, cuando llega la carrera, podemos terminar últimos, o con suerte en el montón. Porque no tenemos todas las condiciones, porque necesitaríamos entrenar mucho más, porque no vivimos de esto, y porque, por suerte, no estamos solos. Pero eso nunca nos va a quitar las ganas de jugar. Sí, el MTB es un juego de niños. Pero, como bien sabe todo aquel que recuerde lo que es ser niño, los niños nos tomamos nuestros juegos muy muy en serio.



Dedicado a esos loquitos coloridos que aprietan los dientes
y se paran en los pedales cuando nadie los ve.

No hay comentarios:

Publicar un comentario